Hoy no has venido al parque. Podría ponerme a recoger del suelo la luz desorientada y sin objeto que ha caído en tu banco. Para qué voy a hablar si no está tu silencio. Para qué he de mirar sin tu mirada. Y este reloj del corazón que espera golpeando y doliendo.
Esta noche de luna, y tú, lejana. Necesito a mi lado tus preguntas y encontrarte en el aire vuelta brasa, vuelta una llama dulce, vuelta silencio y regazo, vuelta noche y reposo, como cuando guiábamos la luna nuestra hasta la casa.
Qué manojo de rosas olvidadas. Qué tibia pluma y mansa luz, tu cuerpo como un árbol, como un árbol gritando, con tanto poro abierto, con tanta sangre en olas dulces elevándose. Oh, sagrado torrente del naufragio. Cómo amaría perderme y encontrartarte...
¿Qué haré con mi felicidad? ¿Dónde ponerla? Si en la copa de un árbol, la pican los jilgueros; si en la tierra, las larvas llegarán a roerla. ¿Qué haré con mi felicidad? ¿Dónde ocultarla? Encima de las nubes la verán los luceros, dentro del mar los peces querrán acariciarla. Es tan débil, tan blanda, que la hiere aún el viento, tan tímida, que el paso de la luz la sonroja, tan pulida y tan limpia que la empaña mi aliento. Si la envuelvo en camelias sufrirá de aspereza, si la dejo desnuda un rumor la deshoja. ¡Tan aérea, tan frágil su dormida cabeza! La estrecharé en mi pecho como a un hijo ciego, alfombraré mi carne de fantásticas nubes, perfumaré mis brazos de nardos y de espliego...